• Sergio Contemori

ARGENTINA Responsabilidad al alcance de la mano


Durante unas dos décadas, en Argentina fue posible que el mayor rating en la Televisión Abierta lo cosechara un programa basado en cámaras ocultas, coreografías genitales, la burla hacia el otro como raíz de contenidos presentados como de humor, y acaloradas discusiones por el regodeo mismo de la confrontación, donde nada sustentable estuvo en juego, sino la facturación publicitaria.


Como sociedad nacional nos permitimos cenar durante veinte años polémicas y escándalos revisteriles. Claro que aquel programa no fue el primero ni fue Iscariote. Ya había habido expresiones televisivas que promovían peleas de baja estofa, aunque no con el nivel de producción ni de inversión del show del gerundio.


Sabido es que la reiteración de una huella origina un trayecto, y la reiteración del trayecto causa un surco, una profundidad, una recurrencia. La repetición de comportamientos genera conductas, aunque podamos no darnos cuenta. En un país donde tan fieles fuimos al prime time de la Televisión Abierta, la actitud de burlarse del prójimo inoculó en nuestro trato social deterioros inmensurables.


La burla, la ironía, la acusación –ya latentes en el género humano-, saltaron masivos desde la pantalla hacia diferentes niveles y espacios de la sociedad, distraída de los efectos colaterales. Con el transcurso de los años, y no sólo por el efecto de un programa de Televisión, nos volvimos una sociedad acusatoria, polémica, peleadora, discutidora, intolerante, menospreciadora del prójimo, donde llamamos arte al escándalo y al talento no le pagamos subsidios.


La arena partidaria también quedó involucrada. El nivel de algunos debates entre candidatos, algunas mesas redondas con la participación de funcionarios, los discursos y las arengas de algunos gobernantes, llevan la misma impronta que la de jurados mediáticos. Mujeres y hombres que se promueven para ser votados y/o llegan a ser electos por el voto de la población –en varios casos, una y otra vez- tratan asuntos medulares a la vida democrática argentina con la impronta de un show televisivo. Se acusan y se burlan unos de otros, ironizan, ríen con sorna, actúan muecas socarronas, confunden datos, olvidan palabras -y que dieron su palabra-, hacen su gracia delante de las cámaras y de las masas. Buscan liderar. Y al otro lado de su show, esta sociedad que somos sigue angustiada, amargada, violenta, irritable, muy triste, por la pobreza estructural, la inseguridad, los ecocidios, la profunda sensación de frustración y no futuro, el apenado deseo de querer irse, la creencia de que Argentina es la tenacidad de lo insoportable y lo imposible.


Cada quien es responsable de los contenidos que elije consumir. Cada quien tiene la posibilidad de revisar qué come y qué piensa, qué paga y qué resiste, qué ama y qué acompaña, qué deja de lado y qué descubre o redescubre, de qué se hace cargo y de qué no. A qué y a quién les daremos rating esta noche y a quiénes les daremos nuestro voto el año entrante no es un control remoto; es una responsabilidad inmediata

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